Te das cuenta de que estás solo, de que la persona que creías más cercana a ti está lejos. Lloras, pero lo ocultas. Al igual que ocultas las ganas de hacer locuras. Ocultas tu rostro, ocultas lo que sientes. Te lo guardas para ti. Y gritas de dolor por dentro.
Entonces es cuando sale tu mejor sonrisa, esa que hace que todos piensen que eres feliz, que todo va bien. Pero tu mirada está vacía. Solo quieres correr y huir. Irte lejos, desaparecer.
Te miran mal, te juzgan sin conocerte, pasas por muchas cosas que nadie parece entender. Llegas a tu casa y tu hermanita, a la que adoras, te pregunta: ¿cómo va todo? Y tu sonríes, pero no respondes, porque si hablas las palabras no saldrán de tus labios.
Te encierras en tu habitación y pones música a todo volumen, así nadie sabrá que lloras o gritas. Te apartas del mundo y ellos solo ven que eres un autista y los dejas de lado. No se preocupan por cómo estás realmente a pesar de ser tus amigos.
Crees que lo mejor sería buscar ayuda, pero tienes miedo de decírselo a tus padres. De que te juzguen y se lo tomen a broma. De que se burlen y rían de ti.
Solo ves una salida, no es la correcta, pero quizás es la única. Pero no la tomas, porque piensas que de momento prefieres esperar a ver si todo va a mejor aunque interiormente sabes que nunca irá a mejor.
Te marcas metas inalcanzables, y sufres por no llegar a ellas.
Estás solo, como siempre temiste estar.
